PINTAR PARA TODOS
El arte no tiene por qué ser comprendido de la misma manera por todos, pero sí debería ofrecer a todos la posibilidad de encontrar algo en él.
«La claridad es la cortesía del filósofo», decía Ortega y Gasset. Siempre he pensado que esta afirmación puede extenderse también al arte.
Como pintor, me identifico profundamente con ese principio. Aspiro a pintar para todos. No entiendo esto como una concesión a lo fácil o a lo popular, sino como una voluntad de comunicación. La claridad no es superficialidad; es inteligibilidad. Una obra puede ser profunda y, al mismo tiempo, accesible.
Me interesa que cada espectador encuentre en la pintura un nivel de lectura acorde con su sensibilidad y sus conocimientos. Quien busca una representación convincente de la realidad, encontrará un motivo para detenerse. Quien posee una formación más amplia en pintura podrá interesarse por la composición, el color, la estructura o los aspectos técnicos. Y quien desee descubrir referencias históricas, culturales o simbólicas también podrá hallarlas.
Ese es, al menos, mi propósito. No sé si siempre lo consigo, pero procuro que la obra permanezca abierta al diálogo con los demás. Por ello huyo de cualquier planteamiento elitista que sitúe al artista por encima de su público. El arte es, ante todo, un acto de comunicación entre seres humanos. Cuando una obra parece decir al espectador «si no me entiendes es porque no estás a mi altura», algo esencial de esa comunicación se ha perdido.
Prefiero pensar la pintura como un puente antes que como una barrera.