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DESPUÉS DE LA CIMA

Durante siglos, la pintura occidental estuvo ligada a la mímesis: imitar la realidad. Desde Platón y Aristóteles hasta el Renacimiento, ese ideal fue dominante. Leonardo llegó a decir que el cuadro perfecto debía ser como un espejo, aunque un espejo idealizado, arquetípico, como exigía el arte italiano del siglo XVI.

Pero la historia de la pintura puede leerse como una lenta emancipación. Poco a poco, la pintura fue soltando los lazos que la ataban a la representación. La materia pictórica —pincelada, color, textura, ritmo— empezó a reclamar su propio protagonismo.

La pincelada es el hilo conductor de ese proceso. Cuando Tiziano, en su vejez, dejó de ocultar el gesto del pincel, algo decisivo ocurrió. Velázquez convirtió la mancha en ilusión. El Barroco entendió que el acto de pintar podía ser tan expresivo como el tema. El Rococó celebró la ligereza, el Romanticismo el torbellino, y el Impresionismo terminó de liberar la pincelada.

Pero ¿qué significa que la pincelada se haga visible? En la naturaleza no hay pinceladas. Su aparición en el lienzo es una afirmación: la pintura dice “estoy aquí”. Ya no se oculta. Ese fue el punto de inflexión. A partir de ahí, otros elementos plásticos siguieron el mismo camino hasta que la pintura se emancipó por completo de la representación.

La abstracción fue la cima de ese ascenso. La pintura se desprendió del tema, de la figura, del relato. Exploró todas las posibilidades de lo no representativo. Pero una vez alcanzada la cima, surgió la pregunta inevitable: ¿y ahora qué? ¿Qué hacer después de haberlo hecho todo dentro de la pintura?

Algunos optaron por abandonar el cuadro y buscar otras vías: instalación, performance, ready-made. Como el jugador que, incapaz de pasar una pantalla, decide cambiar de nivel. ¿Murió la pintura? No. Basta ver su persistencia en museos y galerías.

Nadie sube una montaña para quedarse a vivir en la cima. La cumbre es revelación, no residencia. Después viene el descenso. Y con él, el regreso. Un regreso distinto: quien ha subido y bajado ya no mira el valle igual.

Después de la cima, la pintura es más libre. No tiene que estar a la altura de nada. Solo ser. El retorno no es retroceso, es decisión consciente. Volver a mirar con otros ojos. Pintar, al final, es eso: ver de nuevo. Y quizá, por primera vez.