¿HA PERDIDO LA CRÍTICA DE ARTE SU CRITERIO POR MIEDO A PARECER “ANTIGUA”?
Seguro que alguna vez te ha pasado: entras en un museo o escuchas una obra contemporánea y tienes la sensación de que aquello es, sencillamente, un bodrio. Sin embargo, lees la crítica y descubres que está envuelto en un discurso grandilocuente, críptico y elogioso. Algo no encaja. El compositor Tomás Marco lo expresó con una lucidez demoledora: «…y la crítica, escaldada de yerros históricos, hoy no suele alabar lo que le suena, no vaya a ser tildada de conservadora». Tras esa frase se esconde un miedo profundo. La crítica arrastra el complejo de haberse equivocado en el pasado, de haber rechazado a artistas que hoy consideramos fundamentales. Para no repetir ese error, ha optado por la vía más cómoda: aplaudir casi cualquier cosa que se presente como nueva, difícil o rupturista, aunque carezca de solidez, coherencia o auténtica necesidad expresiva. Paradójicamente, cuando una obra muestra estructura, dominio técnico o continuidad con la tradición, suele ser recibida con sospecha, como si el conocimiento y el oficio fueran síntomas de atraso. La claridad formal se confunde con falta de riesgo, y la emoción articulada con conformismo. El resultado es un panorama en el que prácticamente todo se legitima bajo la etiqueta de arte contemporáneo o conceptual, porque nadie se atreve a decir que el rey está desnudo. En música y en pintura, el miedo a no parecer moderno ha acabado sustituyendo al juicio crítico. Y cuando la crítica renuncia a evaluar, comparar y discriminar, deja de ser crítica para convertirse en simple acompañamiento del discurso dominante.