CUANDO LA META NO ES LA META
Hace años les planteaba a mis alumnos una pregunta aparentemente sencilla: ¿cuál es el objetivo de hacer el Camino de Santiago?
La respuesta inmediata solía ser: llegar a Santiago de Compostela.
Pero si ése fuera realmente el objetivo, bastaría con tomar un avión y en pocas horas estar allí. Sería mucho más rápido, cómodo y eficaz.
Entonces, ¿por qué caminar cientos de kilómetros?
Porque la verdadera razón no está en la meta, sino en el camino.
El Camino de Santiago tiene sentido por todo lo que ocurre entre el punto de partida y la llegada: el esfuerzo, los paisajes, las dificultades, los encuentros, los momentos de reflexión y también los de incertidumbre. La experiencia no consiste en alcanzar un lugar, sino en recorrerlo.
Algo parecido sucede con la creación artística.
A menudo pensamos que lo importante es la obra terminada: el cuadro colgado, el concierto interpretado o el libro publicado. Sin embargo, para quien crea, una gran parte del sentido reside en el proceso mismo. En los problemas que surgen, en las decisiones que hay que tomar, en los errores, los hallazgos y los descubrimientos inesperados.
Cada obra plantea preguntas nuevas y obliga a recorrer territorios desconocidos. Y es precisamente ese recorrido lo que mantiene viva la ilusión de crear.
La obra terminada es importante, sin duda. Pero es el camino creativo el que nos transforma y nos invita a comenzar de nuevo.
Quizá por eso, en el arte como en la vida, la mayor recompensa no siempre está en llegar, sino en seguir caminando.