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TODO ES ARTE?

La idea moderna de que “uno puede ser artista si quiere” constituye una de las transformaciones más profundas —y más problemáticas— que ha experimentado la cultura occidental. Tradicionalmente, en todas las artes se entendía que el talento individual debía apoyarse en una disciplina técnica rigurosa que permitiera desarrollarlo. Así ocurría, y sigue ocurriendo, en la música, la arquitectura, la literatura, la danza o el cine: nadie imagina encargar a una persona con nociones rudimentarias de solfeo la composición de una sinfonía, del mismo modo que nadie aceptaría a un pianista sin técnica en un auditorio serio. El oficio es la condición sine qua non para cualquier creación válida. Este principio, sin embargo, ha sido radicalmente erosionado en el ámbito de la plástica contemporánea. Desde mediados del siglo XX, una parte significativa del sistema artístico ha promovido la idea de que la técnica es prescindible —e incluso sospechosa— por su presunta connotación “artesanal”. De ello se sigue que el estatus de “artista” pasa a depender no de la maestría, del dominio del lenguaje visual o de la capacidad de generar formas significativas, sino simplemente del acto de producir algo que pueda presentarse como “arte”. En este nuevo paradigma, la voluntad sustituye a la competencia. Pero este desplazamiento no es casual ni inocente: responde a un trasfondo ideológico. Al negar la tradición, la herencia, la continuidad y la necesidad de aprendizaje, se afirma la idea de que el presente puede reinventarse a sí mismo sin vínculos con el pasado. Se trata de un gesto político-cultural: liberar al artista —y a la sociedad— de lo que se percibe como un “lastre” histórico. Sin embargo, esta liberación tiene un precio muy alto: rompe la cadena de transmisión que hacía posible la excelencia. Como recordó Julián Marías, no hay innovación sin tradición, porque innovar es introducir novedad en lo que ya existe; fuera de ese suelo fértil no hay creación, sino ocurrencias. El resultado es paradójico. Al despreciar la técnica, la plástica pierde la capacidad de ser trascendida por el artista. En todas las artes mayores, la grandeza surge cuando la técnica —aprendida, asimilada y superada— se convierte en vehículo de expresión superior. Pero si la técnica se elimina, si ni siquiera se reconoce, no puede ser sublimada. El arte queda reducido a gesto, intención, discurso, ocurrencia o ideología. Y esta sustitución produce una evidente decadencia, aunque se disfrace de “progreso” o “vanguardia”. Así, se ha generado un ecosistema artístico donde el rigor se diluye y donde la voluntad —no la capacidad— parece ser suficiente para recibir el título de artista. El arte no debería degradarse al punto de negar que existen diferencias reales entre quien ha dedicado su vida al oficio y quien simplemente decide “ser artista”. La crisis de la técnica en la plástica no es sólo un problema estético: es un síntoma cultural. Cuando una disciplina renuncia a su propia exigencia interna, pierde densidad, pierde grandeza y pierde continuidad histórica. Lo que queda es un presente perpetuo, lleno de producciones que no dialogan con la tradición ni aspiran a superarla, sino que se celebran a sí mismas como gestos de libertad desligados de todo rigor. En resumen: No, no se puede ser artista sólo por voluntad, como tampoco se puede ser inteligente por voluntad. La técnica no es una limitación; es el medio indispensable para que el talento pueda encarnarse en obras duraderas. Y la tradición no es un lastre; es el suelo sobre el que se construye la verdadera novedad. Negar estos fundamentos no emancipa al arte: lo empobrece.