← Reflexiones

DECÍA SALVADOR DALÍ: "NO TE PREOCUPES POR SER MODERNO, PUES, HAGAS LO QUE HAGAS, DESGRACIADAMENTE LO SERÁS"

Somos, inevitablemente, hijos de nuestro tiempo; eso no se puede negar ni eludir. Pero la modernidad, a partir de las vanguardias históricas, introdujo en el artista —o en quien aspiraba a serlo— una forma nueva y corrosiva de angustia: la obligación de demostrar que se era contemporáneo. Como si no bastara con crear, había que certificar, casi notarialmente, que uno pertenecía a su época. De ahí nació una carrera absurda de piruetas, ocurrencias y gestos forzados cuyo único fin era no parecer anacrónico. Se puso por delante el cómo decir frente al qué decir, y el resultado fue, muchas veces, un arte más preocupado por su coartada que por su verdad. Esa ansiedad fue ajena a los grandes maestros del pasado. Velázquez, Goya, Rafael, Rembrandt —y lo mismo cabría decir de Mozart o Beethoven— innovaron, sí, pero nunca como punto de partida ni como obsesión. La novedad fue en ellos el resultado natural de una evolución personal, asentada en lo recibido, en el oficio, en el diálogo respetuoso con la tradición. Todos partieron de sus mayores para, poco a poco, incorporar una voz propia. No hubo impostura ni prisa por parecer excepcionales. Y aquí hay algo que suele pasar desapercibido: el afán contemporáneo de parecer más de lo que se es. En muchos casos, de parecer un genio. Desde no pocas facultades de Bellas Artes se ha fomentado la idea —quizá por no saber qué más enseñar— de que cada alumno no es un artista en potencia, sino un artista ya consumado, cuya tarea principal consiste en “encontrar un camino único” que lo catapulte al reconocimiento social de su supuesta genialidad. El resultado es una satisfacción prematura: todos modernos, todos contemporáneos, todos satisfechos. Pero falta la parte más lúcida de la frase de Dalí, la que casi nunca se cita: “desgraciadamente”. Ahí está la clave. Dalí no celebraba la modernidad; la lamentaba. Para alguien que admiraba a los clásicos —y en especial a Velázquez— ser moderno no era un título de orgullo, sino la constatación de haber llegado tarde, de crear en un tiempo menor. Nuestro arte palidece frente a un Miguel Ángel, un Rembrandt o un Goya. No avanzamos: sobrevivimos entre ruinas. En definitiva, ser moderno no es una conquista ni un mérito: es una condición inevitable… y quizá una desgracia. Una que no deberíamos exhibir con soberbia, sino asumir con modestia, silencio y mucho oficio. Porque cuando la modernidad se convierte en coartada, lo que suele faltar no es el tiempo, sino la grandeza.