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TODA BUENA PINTURA ES CONCEPTUAL

Hay pintores de nuestro tiempo que, como si fueran notarios de la realidad, trasladan al lienzo aquello que sus ojos contemplan. Si así proceden es porque, probablemente, consideran que ese debe ser el cometido de un buen pintor figurativo. Sin embargo, la historia del arte demuestra que nunca ha sido así.

Románico, Gótico, Renacimiento, Manierismo, Barroco, Neoclasicismo, Romanticismo, Impresionismo, Expresionismo... Todos ellos son, en realidad, distintas maneras de mirar el mundo, distintas formas de conceptualizar la realidad. Se suele pensar, ingenuamente, que estos estilos representan únicamente una evolución técnica o un mayor dominio de los recursos pictóricos. Es cierto que cada generación heredó la experiencia de la anterior y la enriqueció con nuevos procedimientos. Pero reducir la historia de la pintura a una mera acumulación de técnicas sería una simplificación.

La realidad es una. Existen, sin duda, diferencias geográficas y lumínicas que pueden influir en la sensibilidad de cada artista, pero esos factores no bastan para explicar la enorme distancia que separa unos estilos de otros, ni mucho menos la que existe entre la realidad objetiva y su representación pictórica. La razón es otra: cada época y cada gran artista sometieron la realidad visible a un concepto.

Leonardo da Vinci afirmaba en su Tratado de la pintura que «el cuadro perfecto es el espejo». Quien haya leído esa obra habrá comprobado la extraordinaria precisión con la que describe la naturaleza, observándola con un rigor casi científico. Sin embargo, basta contemplar cualquiera de sus pinturas para advertir que no se limitó a reproducir aquello que veía. Sus obras muestran mucho más que la realidad inmediata: ofrecen una naturaleza idealizada, convertida en arquetipo. Es decir, una realidad transformada por el pensamiento. En definitiva, un concepto. Existe una evidente distancia entre la minuciosidad de sus observaciones y el resultado final de sus cuadros, y precisamente en esa distancia reside el acto creador.

Conviene, además, hacer una precisión terminológica. El arte contemporáneo ha terminado por apropiarse del calificativo «conceptual», como si la presencia de una idea fuera un rasgo exclusivo suyo. En cierto modo, ha convertido ese término en una especie de patente de corso para justificar cualquier propuesta por el mero hecho de estar respaldada por un discurso. Sin embargo, la historia de la pintura demuestra justamente lo contrario: toda gran pintura ha sido conceptual. La diferencia es que, en ella, el concepto nunca sustituyó a la pintura, sino que se hizo visible a través del dibujo, la composición, el color, la luz y la materia; en definitiva, mediante el propio lenguaje pictórico.

Podríamos recorrer toda la historia de la pintura y comprobar que el concepto está siempre presente. ¿Cómo explicar, si no, la enorme diferencia entre la Madonna Sixtina de Rafael y el Jeremías llorando la destrucción de Jerusalén de Rembrandt? Ninguna de las dos obras pretende ser una copia objetiva de la realidad. Ambas nacen de una mirada que interpreta, selecciona, ordena y transforma. Constituyen dos concepciones radicalmente distintas de un mismo mundo.

Quizá ahí resida la esencia de toda gran pintura. No en copiar la realidad, sino en comprenderla y volver a crearla. Porque pintar nunca ha consistido en reproducir servilmente el mundo visible, sino en otorgarle un significado.