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La pintura como constructo

La pintura, desde Altamira hasta la abstracción, es un constructo. En realidad, no puede ser otra cosa si partimos de la convicción de que la realidad, como tal, es inimitable e irreproducible.

Incluso la pintura más naturalista no reproduce la realidad, sino que construye un equivalente pictórico de ella. La realidad posee profundidad efectiva, continuidad espacial, movimiento, temporalidad, tactilidad y una presencia material que no pueden ser trasladados al plano. El pintor dispone de otros medios: una superficie, pigmentos, formas, valores, colores y texturas. Pintar implica necesariamente traducir una realidad a otra de naturaleza distinta.

Ya las pinturas de Altamira son una construcción. El animal representado ha sido separado de la continuidad de lo real, delimitado mediante una forma, sometido a una selección cromática y relacionado con las irregularidades de la superficie rocosa. No estamos ante el animal, sino ante una construcción pictórica que lo evoca.

Lo mismo sucede a lo largo de toda la historia de la pintura. El Renacimiento construye un espacio mediante la perspectiva; el Barroco lo hace mediante la luz, la atmósfera y determinadas relaciones ópticas; el impresionismo reconstruye la experiencia de la luz y del color; el cubismo descompone y reorganiza el objeto, y la abstracción termina por prescindir de su representación. Cambian los procedimientos y las convenciones, pero no la condición construida de la pintura.

Esto permite cuestionar la oposición, demasiado simple, entre figuración y abstracción. Ambas comparten los elementos específicamente pictóricos: armonía cromática, composición, ritmo, textura, materia, contraste, valores tonales y relaciones espaciales. La diferencia fundamental se encuentra en la referencia representativa: está presente en la pintura figurativa y desaparece, o deja de ser necesaria, en la abstracta.

Un bodegón figurativo puede servirnos de ejemplo. Una naranja continúa siendo reconocible como naranja en el orden de la representación, pero, en el orden estrictamente pictórico, es también una forma, un volumen, un color y una determinada relación con las formas y colores que la rodean. Una tela puede ser simultáneamente tela y masa cromática; el asa de una cesta, además de representar un objeto real, puede constituir un arco que articula toda la composición.

Si suprimiéramos mentalmente la referencia de una buena pintura figurativa, permanecería una determinada organización de formas, colores, ritmos, tensiones y contrastes. Si, por el contrario, suprimiéramos esa organización pictórica y conserváramos únicamente la identificación de los objetos, difícilmente podríamos hablar de pintura en sentido artístico: tendríamos poco más que un inventario de cosas representadas.

De ahí que lo abstracto, entendido no como género histórico sino como estructura plástica, esté ya contenido en la pintura figurativa. La abstracción histórica no inventó el color, la composición, el ritmo, la textura ni el contraste; lo que hizo fue independizar esos elementos de la necesidad de representar objetos reconocibles. La abstracción elimina la referencia; no inventa los valores pictóricos.

Por ello tampoco parece justificado entender necesariamente el tránsito de la figuración a la abstracción como un progreso, como si esta última constituyera una etapa superior en la evolución de la pintura. La permanencia de la referencia figurativa no supone por sí misma una limitación de los valores plásticos ni un grado inferior de modernidad. Juzgar a un pintor por no haberse «atrevido» a dar el paso hacia la abstracción presupone precisamente aquello que debería demostrarse: que abandonar la representación constituye el destino natural y superior de la pintura.

Una analogía con el lenguaje puede ayudar a comprenderlo. El habla cotidiana es ya, en cierto sentido, un constructo: para expresar un pensamiento debemos seleccionar palabras y organizarlas sintácticamente. Sin embargo, en el uso común esa construcción suele estar subordinada a una finalidad inmediata: comunicar algo.

En la literatura sucede algo distinto. La narración literaria es un constructo deliberado y consciente de su voluntad de serlo. El escritor no decide solamente qué quiere contar, sino cómo va a construir aquello que cuenta. Selecciona y elimina, altera el orden temporal, establece un punto de vista, administra la información, crea ritmos, recurrencias e imágenes. La forma de decir deja de ser únicamente vehículo de un contenido y pasa a formar parte esencial de la obra.

Que una novela contenga personajes, lugares y acontecimientos reconocibles no disminuye por ello su condición de construcción literaria. De manera semejante, que una pintura represente figuras, objetos o paisajes reconocibles no disminuye su condición de construcción pictórica. En ambos casos existe un referente exterior, pero la obra no se identifica con él.

Por eso, del mismo modo que la literatura no comienza cuando desaparece la referencia a la realidad, tampoco la pintura se convierte en construcción cuando llega a la abstracción. La pintura era ya un constructo cuando representaba bisontes en las paredes de Altamira.

La cuestión fundamental no consiste, por tanto, en determinar si una pintura representa o no representa, sino en preguntarnos qué construcción realiza con sus propios medios. La figuración conserva el referente; la abstracción puede prescindir de él. Pero ambas necesitan construir.

En definitiva, la representación pertenece al referente; la construcción pertenece al arte.