TÉCNICA, INTELECTO Y DUENDE: CONSIDERACIONES SOBRE LA ENSEÑANZA ARTÍSTICA
Estoy convencido de que la expresión artística, en cualquiera de sus manifestaciones, constituye una de las pocas actividades humanas en las que el individuo puede volcar su naturaleza en toda su complejidad. No solo como sujeto aislado, sino también como miembro de una comunidad histórica, cultural y social. En este sentido, cuando los datos historiográficos resultan insuficientes —o incluso cuando no lo son—, las obras de arte se revelan como un complemento privilegiado para comprender con mayor precisión la sensibilidad de las culturas que nos precedieron.
En toda obra artística pueden distinguirse, a efectos analíticos, tres niveles o estadios: el técnico, el intelectual y el espiritual —este último, si se prefiere, puede identificarse con aquello que la tradición popular española ha denominado “duende”. Estos tres niveles se corresponden, de manera aproximada, con las dimensiones de cuerpo, mente y espíritu, y configuran un sistema en el que, si bien pueden diferenciarse, no deben entenderse como compartimentos estancos.
La técnica constituye la base del hecho artístico. Es el conjunto de habilidades y conocimientos adquiridos mediante la práctica prolongada. Representa la dimensión material del arte y es, en gran medida, transmisible. Puede enseñarse, corregirse y perfeccionarse.
El intelecto, por su parte, introduce la capacidad de comprensión, organización y proyección de la obra. En él reside buena parte de lo que habitualmente se denomina creatividad, aunque esta no pueda desplegarse sin el soporte técnico. También es susceptible de formación, en la medida en que depende de la cultura, la reflexión y la experiencia del sujeto.
Sin embargo, existe un tercer nivel, más difícil de definir, que podríamos denominar espiritual o, en términos más cercanos, duende. A diferencia de los anteriores, no parece responder a un proceso de aprendizaje ni de transmisión. Se manifiesta como una cualidad singular, inaprensible, que no todos los individuos poseen en igual medida. No puede enseñarse ni explicarse plenamente; solo puede reconocerse cuando aparece. Su efecto es inmediato: introduce en la obra una dimensión de intensidad y verdad que trasciende lo meramente correcto o incluso lo brillantemente ejecutado.
La experiencia pedagógica en el ámbito artístico confirma esta distinción. Tras décadas de docencia, resulta evidente que, aun aplicando los mismos métodos y dedicación, los resultados no son homogéneos. La mayoría de los alumnos puede alcanzar un alto nivel técnico e incluso desarrollar una personalidad propia. Sin embargo, solo en una minoría se advierte la presencia de ese tercer estadio que justifica, en sentido pleno, el calificativo de artista.
Esta constatación obliga a replantear el papel del maestro. Con frecuencia, la enseñanza artística ha tendido a reproducir el modelo del profesor: enseñar a pintar, interpretar o componer como él mismo lo hace. Este enfoque, además de empobrecer la diversidad expresiva, supone una interferencia en el desarrollo de la personalidad del alumno. En lugar de favorecer su crecimiento, lo condiciona.
Frente a ello, la función del maestro debería orientarse en otra dirección: desarrollar la técnica y el pensamiento del alumno sin imponer un modelo expresivo cerrado. Su tarea no consiste en formar réplicas, sino en acompañar procesos individuales. En este sentido, la pedagogía artística no debe aspirar a producir artistas —algo que escapa a su control—, sino a crear las condiciones en las que cada alumno pueda desplegar al máximo sus capacidades.
El llamado “duende” no puede enseñarse, pero sí puede ser obstaculizado. Una enseñanza excesivamente rígida, imitativa o dogmática puede inhibir su aparición, incluso en aquellos individuos que poseen una predisposición para ello. Por el contrario, un entorno pedagógico abierto, respetuoso con la individualidad, no garantiza su surgimiento, pero al menos no lo impide.
En consecuencia, la educación artística se mueve entre dos límites: por un lado, la transmisión eficaz de lo enseñable (técnica e intelecto); por otro, el reconocimiento humilde de aquello que no lo es. Entre ambos se sitúa la figura del maestro, cuya responsabilidad no es menor: formar sin imponer, orientar sin determinar y, en los casos excepcionales, reconocer sin interferir.